I
No recuerdo dónde la conocí, sólo que éramos muy pequeños. Seguramente fue debajo de una mesa con mantel entre los correteos de una fiesta familiar, o mientras hacíamos gala de puntería tronando globos. Alguna tía gorda, sudada y sobremaquillada hubo de por medio. De esas que piensan que los cachetes son de queso. Casi me retumba en los oídos el sonido fiestero de salón con sólo tratar de recordarlo.
Ella era de otro mundo, vivía muy lejos. Era de Irapuato y me llevaba dos años.
Lo primero que me enseñó fue a hacer aviones con vasos de plástico, que por cierto, para esa hora ya olían a cubalibre oreada. ¡Qué importaba, era divertidísimo! Para ser niña, era el mejor amigo que habría tenido en mis cortos siete años. No sé, supongo que el tiempo se me pasó volando y en el vuelo se llevó al sueño. Era la primera vez que en una fiesta de noche no estaba suplicando a mis padres que nos fuéramos.
Corrimos por todos lados, incluso en la calle. Lanzamos piedras, nos mojamos, nos enojamos, nos contentamos y volvimos a correr muchas veces hasta que todos los demás niños ya no estaban.
Luego hicimos globos con agua, luego, mitad juego y mitad morbo, le di lo más nerviosamente parecido a un beso. Luego se fue.
Seguramente la iba a volver a ver en la siguiente fiesta.
II
Poco la pude reconocer; a mí me colgaban los trece de la cara y a ella… los quince en las caderas. Era el cumpleaños de un viejo amigo. Un amigo ya muerto, debo decir.
Nervioso la saludé con la máscara de la seriedad, como si trajera en la cabeza una resaca moral, como si ya fuéramos grandes. Tardamos un poco en volver a reír, hubo muchos silencios incómodos y algunos filtleos frustrados, luego los hubo acertados, luego hubo muchas risas y mucha plática. Nos escapamos de entre el ruido sonidero hasta la casa de la tía abuela con la morbosa intención de esculcar las cosas ajenas. Nos metimos al cuartito de las limpias, donde la tía solía cobrar las consultas esotéricas con quilos de huevo, gallinas o lo que la gente le diera.
Conocíamos todos los trucos; el del huevo con sangre, el del muñeco con alfileres que respira, el del vaso que se llena de humo. Todos.
Me besó, cerró la puerta con seguro y con paradójica inseguridad me comenzó a desvestir. Yo sólo dejé que el tren me pasara encima. ¡Dios, y qué tren! ¿Qué más podía yo hacer?
Pasado el inesperado y largo tornado regresamos al ruido de la fiesta. Nos mirábamos con complicidad, nada exagerado. Y luego me fui.
Seguramente ella se iba a casar y nunca la iba a volver a ver.
III
Mis padres y yo nos disponíamos a visitar a la tía abuela al hospital…
-Bájense, –dijo mi padre- hay que empezar a escombrar la casa.
Viridiana llegó diez horas después de los cirios y flores, ya estaba en nuestra nuca el atardecer.
Nos miramos. Se quitó los lentes oscuros. Nunca nos habíamos visto vestidos de negro, nos sentaba tan mal. No traía marido. Nos desmontamos de nuestros veintitantos, nos abrazamos y comenzamos a llorar tan recio como niños. La familia nos miraba asombrada, nadie nunca se había dado cuenta que éramos amigos de lazos tan fuertes, hasta ese día. Los dos habíamos mantenido la cara de melancolía por largo rato, pero hasta que nos vimos nos apareció el valor de volvernos río.
En la noche me acompañó a comprar más flores, y volvimos a reír, como ríen entre ellos los soldados, cansados, heridos y con la muerte a tientas.
La madrugada llegó con la guitarra de mi padre y las lágrimas de la familia se le escurrían por las cuerdas.
Viridiana y yo nos fuimos al cuartito de las limpias una vez más, entre floreros y gente desconocida. Puso el seguro y nos sentamos a marinar en nuestro desgano. Esta vez no hicimos nada, excepto remojarnos en nuestra propia jodidés.
-¿Sabes que en el fondo eres el mejor amigo que he tenido, verdad?-le dije desde el marco de la puerta.
Sacó la baraja del tarot y comenzó a repartir.
-¿Pocker o normal? –Me contestó.
-Burro entripado.
Nos pasamos la madrugada y el amanecer por debajo de tres botellas de algún agua espirituosa (con San Juditas en la etiqueta). Sólo la besé cuando el sol ya colaba por el tragaluz, cuando ya era tarde hasta para no intentarlo.
-¿Lo sabes, verdad? -Le insistí en medio de un abrazo.
-Tú también lo eres para mí -sonrió.
Luego ayudamos a servir café y pan, nos mirábamos consolantes por encima del ataúd, luego se fue.
Pensé que la iba a ver el día del entierro.
Compártelo