Bueno, a los animales sí, son chidos.
Ahistan’ las cuatro rolas reglamentarias en el mejor master que puede ofrecer una máquina con menos de 250mb de ram, una versión pasada de Audition, un micro de compu, cables de retacería soldados a mano y una tarjeta de sonido ínfima pegada a la motherboard de una computadora encerrada en lo profundo, ratonil, cuasigeek, supra-freak, hiper-kitsch y húmedo de mi locuaz sótano…
En fin. Ahí ta.
P.D.: Si alguien se pregunta a quién pertenece la inframundística voz de “Y Suerte”, pues es de Lenin.
, premio para blogs “interesantes”, así que vienen mis cinco blogs interesantes como es debido:
REGLAS DEL JUEGO:
A. Cada jugador comienza con un listado de 8 cosas (que nunca ha dicho, supongo).
B. Tienen que escribir esas 8 cosas en su blog y junto con las reglas del juego.
C. Tienen que seleccionar a 8 personas más, invitar a jugar y anotar sus nombres o el nombre de su blog.
D. No Olviden dejar un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitados a jugar, refiriendo al post de tu blog “EL JUEGO”.
E. Prepárense a conocerme totalmente…
Y le paso el juego a… chales, todos por acá son bien anti-meme. mejor me evito el desaire. Chingao. Lo dejo a criterio bloguero!
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…Chales, caon’; Todo el html que me gasté en este post.
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En fin. La conocí en Irapuato, tierra dulce. Era de noche y yo andaba dándole vueltas a esa corta cuadra que es el desmadre. Había primos y medios primos metidos en una van. Una de esas medias primas lejanas segundas era Valeria. En mi vida la había visto, hasta esa noche en que mi inexperiencia calculando edades le puso un diecinueve en la frente. Por otra parte –he de mencionar- que el que tenía el súper quince metido en la cara era yo.
Después de los antros de rigor la peda siguió en algún departamento. A Valeria la había visto en la van. En el departamento la conocí.
Mi secundariana existencia se sentía deslumbrada por lo que entonces interpreté como el comportamiento social veinteañero. Entre diez bocas tres pomos de tequila en una hora ¡No manches! (en mis fiestecillas un pomo duraba… ¡tres fiestecillas!). Había quienes eran novios, otros que no lo eran y se comportaban como tales, unos que ya parecían casados e indiferentes, gente desagotándose del trabajo, (porque si llevaban camisa y corbata era porque trabajaban, según yo), unos que se enojaban y con dos tres palabras rompían parejas de sillón y como si nada, ires y venires de habitación…
No era a lo que yo estaba acostumbrado en mi mundo de suéter verde. Demasiado complejo. Reglas inentendibles pero cruciales, etiqueta de alcoba, conocimiento de vinos, frases graciosas, jerga, ropa ¡Diablos! En lo único que me defendía era en música pero estaba rodeado de puros fresas (y de Irapuato). Sencillamente era un miserable puberto en una fiesta de adultos jóvenes.
Sin embargo se esforzaron en integrarme. De dónde eres, cuántos años tienes (ponga aquí una cara de desilusión en quien recibía la respuesta a la pregunta), Ah sí chido. Ah. Sí. Chido. Ese casi era mi nombre de no ser porque –cualquiera lo sabe- hay pruebas que uno debe pasar para convertirse en miembro honorario de cualquier círculo social.
Mi prueba: Media botella de Corralejo al hilo. Los clásicos gritos de ¡Fondo! ¡Fondo! Y pues fondo. Cumplí. Tan pronto cae el aplauso y los “Eso, mi machín; ya puedes pistear como los grandes jajaja, no te creas, no somos tan grandes jajaja/ Señor es usted mi ídolo/ Pinche primo no mames te la rifas” Enseguida se le trata a uno como miembro de la comunidad en calidad honoraria, es decir, en calidad de mascota del equipo. Eres bienvenido en todas las conversaciones y habitaciones sin seguro, y (aunque en ese momento es poco importante) siempre eres medio centímetro más pequeño que cualquiera en cualquier sentido.
Entré al baño, la puerta de la habitación principal tenía seguro (intenté vagamente girar el picaporte antes de doblar el pasillo) y al salir dicha puerta estaba entreabierta. Había un tipo acostado con desgano y la camisa desfajada viendo el fútbol cuyo audio era tragado por la música de la fiesta. Al lado de la tele estaba un espejo de cuerpo completo, y en él… Mi Valeria.
Con un delgado vestido que le pintaba la piel blanca de guinda, una chamarra glam negra con cuello emplumado, una corta cabellera pelirroja alborotada, dos pequeños rayos rubios y una diadema de brillantes oscuros. Imagine usted la cara de loba que tenía mientras se peinaba y la que yo puse cuando me di cuenta que me veía a través del espejo. Seguramente no hay otro adjetivo que baboso.
Ella me sonrió (cierta y –entonces- indescifrable, extraña complicidad) con la cara baja mientras se intentaba parar los pelitos de la nuca, aquél desfajado vio eso y me miró por el rabillo del ojo con indiferencia de macho seguro. Entonces, con ese frente de espejo y espalda de realidad supe que iba a ser músico o poeta, quizá los dos. Supe que ese olor que despedía la habitación de Valeria, esa escena era arte y que yo sabría algún día cómo plasmarlo, cómo mejorarlo. Algún día aprendería a comer con palillos chinos, encontraría la esencia y casi adivinaba que era guinda con blanco.
No recuerdo lo demás y realmente no me importa. Ni siquiera recuerdo si así se llamaba, Valeria. No sé siquiera dónde encontrarla, aunque para ser sincero, tampoco quiero. Pero que sepas, Valeria, que te debo todo de los quince en adelante, Señora de los Veintantos.