
Probablemente grabada en 1994, a la muerte de mi abuela, es de las meras llegadoras. Se llama Marchita el alma.

Probablemente grabada en 1994, a la muerte de mi abuela, es de las meras llegadoras. Se llama Marchita el alma.
Por citar unos ejemplos diré que hoy necesito como el aire las revistas que ayer compré, se encuentran en el suelo a un natural nivel inferior al de la cama, pues anoche me urgía dormir más que fugarme en la lectura. Dichos pasquines del diablo se encuentran fungiendo de tapa a una añeja toalla femenina, la cual se desempeñó como fetiche primordial hace exactamente un mes.
Bajo kilos de polvo de un olvido largo que en este momento me es necesario, yacen cientos de discos en una cajota de huevo. Ahí hay otras cajitas solitarias y disquitos indefensos según su rango de importancia de terapia psico-acústica: los que se encuentran hasta el fondo no se han oído en años, los que pululan (aparentemente) desparramados entre pelusas y bolas de greña (las cuales datan de hace meses cuando estilaba larga la cosa en cuestión) son empaques que esperan a los respectivos que rondan la grabadora porque los he escuchado últimamente o bien discos sin caja, muestra de haber sido sonados durante decenas de meses, tiempo suficiente para que su caja (y su carácter celador) perdiera toda importancia y visibilidad.
Hundida desde hace años bajo el yugo de los indispensables calzones yace la televisión. Ésta reposa a su vez sobre un ropero que guarda las garras que nunca me pongo, pues las que sí me pongo se encuentran apiladas muy a la mano, en el suelo, por un concienzudo orden de limpieza.
Al abrazo de las cobijas que nunca se bajan de la cama y desconocen lo que es estar tendidas por lo irremplazable del sueño brillan los cigarros y el encendedor, mientras junto a un viejo condón usado ambos accesorios son esperados con paciencia por el cúmulo de recuerdos en forma de colillas y ceniza. Ese cenicero, por cierto, nunca ha perdido su importancia desde que me lo robé a los trece años en un concierto de Ely Guerra.
En mi cuarto siempre pesó más la poesía que la escuela, por eso arriba de los viejos cuadernos que siempre empiezan como proyecto de apuntes escolares y son jubilados como cancioneros residen unas erudíticas columnas de libros cuyos tamaños y distribuciones varían según su aguante a los guitarrazos nocturnos, borrachazos mañaneros, pisotones descuidados o vestiduras rápidas cuando llega sin anunciarse la nalga oficial. En este sentido siempre sale perdiendo el pequeño Gorostiza y es inamovible el grosor de Paz. Estos bodoques empastados por lo general tienen su lugar en la columna según el interés que hayan despertado. Abajo se encuentran los que se inmolaron completitos en mis pestañas junto con los que decidí nunca llegaría a su contra solapa, aplastados por los que no he leído nunca o que aún guardo la intención de terminar.
La lámpara que me regalaron alguna navidad pisa un buró cuyos dos cajones están llenos de recuerdos de las exnovias de mis amigos, donde al arriba principal están las de El Oso, que siempre fueron las que más me han gustado.
Marx y Lenin tienen su lugar muy aparte. Exactamente sobre El Principito. Al lado de éstos se encuentra un atril para guitarra casi siempre vacío, rodeado de papel higiénico de varias temporadas de frío y cajetillas muertas que cubren una mochila ya anciana, la cual creo que está ahí desde el penúltimo Cervantino.
En esa parte a donde nunca llega el sol, es decir debajo de la cama, reside el panteón de las épocas muertas. Epitafios de antiquísimos disquetes, calcetines sin par (muchas veces la causa de esto es un paulatino empuje ejercido por los libros), ganchos de los que nunca colgó ni un hilo, poemas y cartas con un renglón de vida, cables de aparatos hoy perdidos y suertes de vida multicelular catalizadas por nimios pedazos de comida prófuga. Como todo panteón tiene sus flores, las cuales suelen caer directamente desde la ventana, arrastradas por algún viento sabio. Ahí voy a visitar a mis muertos de vez en cuando. Sobre todo cuando tengo miedo o necesito pensar. Muchas canciones se han colado al Myspace desde ahí.
También hay un zapato místico junto a Weber, el par se encuentra a perpetuidad precisamente en el panteón, como recordatorio de que el que pone un pie en la filosofía lo pone en la tumba. Ese místico choclo guarda desde hace mucho mi cartera que siempre anda vacía salvo por algunas credenciales vencidas que me acreditan como ex-hijodeputa, ex–ciudadano, ex–mexicano o ex–estudiante, y todo eso que es lo mismo pero más barato. También hay ahí tarjetas de presentación computadas históricamente por aparición de gente mamona a la que nunca le voy a llamar.
A veces, cuando mi casi senecta madre encuentra las fuerzas para subir las escaleras…
Porque me nefastea la muerte de las letras entre maderos y polillas (y hasta hay descarados que las encierran para siempre en libros), porque soy vándalo de cuerdas y a veces yo también me pego en la banqueta o en los postes:
Ímprímalo en adherible, recorte y pegue ‘onde se le antoje.