Jul 7

Alguien insta a graficar la mediana, quizá números o personas. Suena un discreto chiste de pasillo. Un tipo no sabe si su mujer está embarazada mientras se lava las manos. Suena una llamada lejana, contestan que más tarde. Un hombre manda un mensaje de texto.

Alguien -es un decir- insta a graficar la mediana, quizá números o personas, no importa. Alguien borra la diferencia porque aquí no importa la diferencia, sino la mediana. Suena un discreto chiste que propaga corbatas felices y falaces por el pasillo. Alberto no sabe si va a hacer feliz a su abuela mientras se lava las manos. Suena Dios al teléfono, contestan que más tarde. Un hombre dice que ama a su hermana menor.

Alguien insta a matar la vida con papel cuadriculado. Se sonoriza la consolidación de la convivencia entre pendejos oficiales. Alberto acaba de reprobar un parcial mientras se lava las manos. Suena el Diablo en la línea tres, contestan que más tarde. Un hombre acaba de llevarse estadística a recurso.

Alguien cansa al mundo y no lo sabe. Se oyen risas de muertos que no se saben como tales. Alberto no sabe. Dios y el Diablo tampoco saben, cuelgan y vuelven a la cama. Un hombre acaba de llevarse estadística a recurso y escribe algo de esto en un móvil para su hermana menor, que está en el pasillo después de dejar a sus alumnos graficando la mediana. Su esposo se llama Alberto.

Mar 24

-De hecho hay un cabrón, se llama Villaurrutia. Tiene unos nocturnos bien chidos, acá bien llegadores.
-…
-¡Oh, cabrón! Mira, deja buscarlo al güey: Villaurrutia mas enter. Aystá’.
-Lo que es no tener nada qué hacer.
-Mira, mira: “Y mi voz que madura, y mi voz quemadura, y mi bosque madura, y mi voz quema dura”, ¡Hay, güey!
-¡Ay no mames! Eso es una mamada, hasta tú se lo pudiste escribir con las nalgas a tu vieja: “Mi calzón para Julieta; Mi calzón para, Julieta; Mi calzón Parajulieta; ¡Mi calzón! ¡Para, Julieta!” Ja, ja, ja. A huevo, hasta va en crechendo la intensión ca.
-Pinche puto… además “parajulieta” no existe, güey, qué es eso.
-¡Sí existe! De Hecho “Parajuluieta” –así con mayúscula, güey- tiene otro nombre… Marcela. -Aquí ponle efecto de eco, güey: Marcela rcela cela ela- ¡Simón! Neta mira, Traes a la Julieta y a la Marcela, ergo son paralelas, puto; incluso tu último fin es que nunca se crucen, como las paralelas. Así Marcela es la dichosa Parajulieta y Julieta es la Paramarcela. … Incluso ya podrías hacer una quinta frase y superar al Villapedos o como se llame: “¡Mi calzón, Parajulieta!” Pinche cierre bien cabrón del poema, hasta suena a que ya te la cojiste.
-Mamón, si ya le conoces hasta los lunares de adentro, nos has cachado dos tres veces, no te hagas pendejo.
-Sí, la neta me pasé de lanza.
-Sí.
-Sí, sí.
-…Pero entonces cuándo Marcela se convierte en Parajulieta y viceversa, güey; o sea, cuál es el evento detonador de la mutación del nombre, del pedo onomástico, ca.
-Ah, pues eso depende.
-¿Depende de qué?
-De qué tan lejos esté. …¡No ps’ no sé! Igual y es como quieras ver el vaso ¿no?
-¡No me salgas con mamadas espirituosas.
-No, lo que pasa en sí es que hay que ver el vaso siempre vacío.
-¿Para que no puedas caer más bajo o para que cuando caiga algo te sientas bien chido o cómo?
-No, pendejo; para así poder llenarlo de lo que tú quieras.
-Me convence ca. Salud.
-Salud.
-…
-…chale, y luego con leche. Paramarcela… Para mamarcela…
-Oye, güey, ¿Y si Parajulieta es un adjetivo?
-Hmmm. ¿Con qué significado?
-Pues lo mismo.
-¿Cómo lo mismo?
-¡Pos lo mismo que dije allá arriba, pendejo! ¡¿Qué no estás leyendo?! Sería un adjetivo peyorativo. Cambiaría el uso como sustantivo o como adjetivo. Pinche cambio de contenido por continente, güey, bien espeso.
-A huevo, vuelves cóncavo lo convexo.
-No mames, no mames. Ya valió.
-¿e?
-Parajulieta es el femenino de parajulio, güey.
-¡Pa su verga! Pinche mes oculto, pinche mes que nunca llega, el parajulio… No mames, pinche destino busca la forma de decirte que a tu vieja no le va a llegar un mes, güey. Ya te cargó la venosa.
-…Chinga tu madre.
-Pos’ la chingo, pero a ti ya te cargó la venosa. Oye, güey, aquí traigo uno mío pa’ que se lo lleves.
-¿Pa’ que le lleve qué a quién?
-Ps’ mi calzón para Julieta.
- Ay, cómo eres mamila.
-Simón, güey, mejor salud.
-Salud.
-…ta’ madre.
-¿Qué pasó?
-Ya se acabó, ca.
-Tssssssss –feid aut, güey- tssssssss.

Feb 2

El autobús acortaba las millas. Las millas, por su parte, hicieron por expandirse. En este resorte de ideas podrían derramarse las horas por la ventanilla o el pasillo.

De repente el resorte abría en sí algún hueco en la dialéctica, y en una de esas también lo hizo la puerta. Bajaron dos pájaros verdes y subió una golondrina. Esa golondrina con iPod sonó más azul grisáceo que todos mis sueños juntos. Eso es, a ciencia cierta querido lector, lo que se llama una Princesita de Cebtis.

Sus labios se movieron. Ventana. Minutos. Mis labios se mueven. Autobús. Sus ojos. Ventana. Minutos. Los dos estamos de pie. Sus labios se mueven. Su ventana. Mis ojos, mis labios, sus ojos y mis ojos.

Tres (fade in +1), dos (fade in +6), uno (fade in +12). Contacto (¡Full On!).

“¡Hello, I love you, would you tell me your name?!”
“¡Hello, I love you, let me jump in your game!”

[Inserte aquí su final. Yo ya tengo el mío.]

Nov 25
Este mi inane terruño guarda un orden exacto de las cosas. Cada ítem material, cada una de las vitales herramientas se encuentra distribuida en estricto orden vertical de necesidad histórica.

Por citar unos ejemplos diré que hoy necesito como el aire las revistas que ayer compré, se encuentran en el suelo a un natural nivel inferior al de la cama, pues anoche me urgía dormir más que fugarme en la lectura. Dichos pasquines del diablo se encuentran fungiendo de tapa a una añeja toalla femenina, la cual se desempeñó como fetiche primordial hace exactamente un mes.

Bajo kilos de polvo de un olvido largo que en este momento me es necesario, yacen cientos de discos en una cajota de huevo. Ahí hay otras cajitas solitarias y disquitos indefensos según su rango de importancia de terapia psico-acústica: los que se encuentran hasta el fondo no se han oído en años, los que pululan (aparentemente) desparramados entre pelusas y bolas de greña (las cuales datan de hace meses cuando estilaba larga la cosa en cuestión) son empaques que esperan a los respectivos que rondan la grabadora porque los he escuchado últimamente o bien discos sin caja, muestra de haber sido sonados durante decenas de meses, tiempo suficiente para que su caja (y su carácter celador) perdiera toda importancia y visibilidad.

Hundida desde hace años bajo el yugo de los indispensables calzones yace la televisión. Ésta reposa a su vez sobre un ropero que guarda las garras que nunca me pongo, pues las que sí me pongo se encuentran apiladas muy a la mano, en el suelo, por un concienzudo orden de limpieza.

Al abrazo de las cobijas que nunca se bajan de la cama y desconocen lo que es estar tendidas por lo irremplazable del sueño brillan los cigarros y el encendedor, mientras junto a un viejo condón usado ambos accesorios son esperados con paciencia por el cúmulo de recuerdos en forma de colillas y ceniza. Ese cenicero, por cierto, nunca ha perdido su importancia desde que me lo robé a los trece años en un concierto de Ely Guerra.

En mi cuarto siempre pesó más la poesía que la escuela, por eso arriba de los viejos cuadernos que siempre empiezan como proyecto de apuntes escolares y son jubilados como cancioneros residen unas erudíticas columnas de libros cuyos tamaños y distribuciones varían según su aguante a los guitarrazos nocturnos, borrachazos mañaneros, pisotones descuidados o vestiduras rápidas cuando llega sin anunciarse la nalga oficial. En este sentido siempre sale perdiendo el pequeño Gorostiza y es inamovible el grosor de Paz. Estos bodoques empastados por lo general tienen su lugar en la columna según el interés que hayan despertado. Abajo se encuentran los que se inmolaron completitos en mis pestañas junto con los que decidí nunca llegaría a su contra solapa, aplastados por los que no he leído nunca o que aún guardo la intención de terminar.

La lámpara que me regalaron alguna navidad pisa un buró cuyos dos cajones están llenos de recuerdos de las exnovias de mis amigos, donde al arriba principal están las de El Oso, que siempre fueron las que más me han gustado.

Marx y Lenin tienen su lugar muy aparte. Exactamente sobre El Principito. Al lado de éstos se encuentra un atril para guitarra casi siempre vacío, rodeado de papel higiénico de varias temporadas de frío y cajetillas muertas que cubren una mochila ya anciana, la cual creo que está ahí desde el penúltimo Cervantino.

En esa parte a donde nunca llega el sol, es decir debajo de la cama, reside el panteón de las épocas muertas. Epitafios de antiquísimos disquetes, calcetines sin par (muchas veces la causa de esto es un paulatino empuje ejercido por los libros), ganchos de los que nunca colgó ni un hilo, poemas y cartas con un renglón de vida, cables de aparatos hoy perdidos y suertes de vida multicelular catalizadas por nimios pedazos de comida prófuga. Como todo panteón tiene sus flores, las cuales suelen caer directamente desde la ventana, arrastradas por algún viento sabio. Ahí voy a visitar a mis muertos de vez en cuando. Sobre todo cuando tengo miedo o necesito pensar. Muchas canciones se han colado al Myspace desde ahí.

También hay un zapato místico junto a Weber, el par se encuentra a perpetuidad precisamente en el panteón, como recordatorio de que el que pone un pie en la filosofía lo pone en la tumba. Ese místico choclo guarda desde hace mucho mi cartera que siempre anda vacía salvo por algunas credenciales vencidas que me acreditan como ex-hijodeputa, ex–ciudadano, ex–mexicano o ex–estudiante, y todo eso que es lo mismo pero más barato. También hay ahí tarjetas de presentación computadas históricamente por aparición de gente mamona a la que nunca le voy a llamar.

A veces, cuando mi casi senecta madre encuentra las fuerzas para subir las escaleras…

Jul 8
Sinceramente Valeria fue la que me hizo hombre. Creo que se llamaba así. Y es que uno se hace hombre hasta que sabe exactamente cómo es una mujer, y entonces, ya conocido el secreto, se vuelve totalmente inexplicable. Sofisma digno de los presocráticos.

En fin. La conocí en Irapuato, tierra dulce. Era de noche y yo andaba dándole vueltas a esa corta cuadra que es el desmadre. Había primos y medios primos metidos en una van. Una de esas medias primas lejanas segundas era Valeria. En mi vida la había visto, hasta esa noche en que mi inexperiencia calculando edades le puso un diecinueve en la frente. Por otra parte –he de mencionar- que el que tenía el súper quince metido en la cara era yo.

Después de los antros de rigor la peda siguió en algún departamento. A Valeria la había visto en la van. En el departamento la conocí.

Mi secundariana existencia se sentía deslumbrada por lo que entonces interpreté como el comportamiento social veinteañero. Entre diez bocas tres pomos de tequila en una hora ¡No manches! (en mis fiestecillas un pomo duraba… ¡tres fiestecillas!). Había quienes eran novios, otros que no lo eran y se comportaban como tales, unos que ya parecían casados e indiferentes, gente desagotándose del trabajo, (porque si llevaban camisa y corbata era porque trabajaban, según yo), unos que se enojaban y con dos tres palabras rompían parejas de sillón y como si nada, ires y venires de habitación…

No era a lo que yo estaba acostumbrado en mi mundo de suéter verde. Demasiado complejo. Reglas inentendibles pero cruciales, etiqueta de alcoba, conocimiento de vinos, frases graciosas, jerga, ropa ¡Diablos! En lo único que me defendía era en música pero estaba rodeado de puros fresas (y de Irapuato). Sencillamente era un miserable puberto en una fiesta de adultos jóvenes.

Sin embargo se esforzaron en integrarme. De dónde eres, cuántos años tienes (ponga aquí una cara de desilusión en quien recibía la respuesta a la pregunta), Ah sí chido. Ah. Sí. Chido. Ese casi era mi nombre de no ser porque –cualquiera lo sabe- hay pruebas que uno debe pasar para convertirse en miembro honorario de cualquier círculo social.

Mi prueba: Media botella de Corralejo al hilo. Los clásicos gritos de ¡Fondo! ¡Fondo! Y pues fondo. Cumplí. Tan pronto cae el aplauso y los “Eso, mi machín; ya puedes pistear como los grandes jajaja, no te creas, no somos tan grandes jajaja/ Señor es usted mi ídolo/ Pinche primo no mames te la rifas” Enseguida se le trata a uno como miembro de la comunidad en calidad honoraria, es decir, en calidad de mascota del equipo. Eres bienvenido en todas las conversaciones y habitaciones sin seguro, y (aunque en ese momento es poco importante) siempre eres medio centímetro más pequeño que cualquiera en cualquier sentido.

Entré al baño, la puerta de la habitación principal tenía seguro (intenté vagamente girar el picaporte antes de doblar el pasillo) y al salir dicha puerta estaba entreabierta. Había un tipo acostado con desgano y la camisa desfajada viendo el fútbol cuyo audio era tragado por la música de la fiesta. Al lado de la tele estaba un espejo de cuerpo completo, y en él… Mi Valeria.

Con un delgado vestido que le pintaba la piel blanca de guinda, una chamarra glam negra con cuello emplumado, una corta cabellera pelirroja alborotada, dos pequeños rayos rubios y una diadema de brillantes oscuros. Imagine usted la cara de loba que tenía mientras se peinaba y la que yo puse cuando me di cuenta que me veía a través del espejo. Seguramente no hay otro adjetivo que baboso.

Ella me sonrió (cierta y –entonces- indescifrable, extraña complicidad) con la cara baja mientras se intentaba parar los pelitos de la nuca, aquél desfajado vio eso y me miró por el rabillo del ojo con indiferencia de macho seguro. Entonces, con ese frente de espejo y espalda de realidad supe que iba a ser músico o poeta, quizá los dos. Supe que ese olor que despedía la habitación de Valeria, esa escena era arte y que yo sabría algún día cómo plasmarlo, cómo mejorarlo. Algún día aprendería a comer con palillos chinos, encontraría la esencia y casi adivinaba que era guinda con blanco.

No recuerdo lo demás y realmente no me importa. Ni siquiera recuerdo si así se llamaba, Valeria. No sé siquiera dónde encontrarla, aunque para ser sincero, tampoco quiero. Pero que sepas, Valeria, que te debo todo de los quince en adelante, Señora de los Veintantos.


May 4

Tocas para ti mismo. La idea –que ni siquiera gastas saliva en manifestar, pues la tienes muy clara- es que el artista toca para sí mismo. “Toco para mí mismo y si alguien me sigue, bueno. Y si no, ni modo”. Ese es el lema.

Luego tienes hambre. Si te subes a un camión vas a tener que tocar las de Ramón Ayala o El Tri. A complacer.

Un día te invitan a tocar a una fiesta, nenas con caritas suplicantes que te jalan medianamente la hormona y dices al final que sí. Total, ya otras veces has tocado “para complacer”. En la fiesta acabas de acompañador de borrachos, y lo mismo acompañas las de Dun Can Dhu que las del Sabina o Cuco Sánchez. Nadie se sabe las letras pero todos te halagan, todos te aplauden. Por un momento te seducen las condescendencias y dices en medio de tu lánguida sobriedad: “Yo podría hacer esto todo el tiempo, de esto se puede vivir, es genial”, luego te acuerdas de que eres artista. Piensas un momento en Vivaldi, y cuando regresas del pequeño viaje te das cuenta del chiquero en el que estás.

No pasas mucho tiempo para justificar tal chiquero como tu modus vivendi con el pretexto del hambre antes citada, que como dijo Rius (quien es un gran pensador, pero no es artista ni filósofo, por supuesto) “La panza es primero”.

En toda fiesta hay fresas, y esta como una de tantas no es la excepción. A ellos también les gusta cantar y tener su propio chiquero nice, solo que tardan un poco más. Lo que no tardan es en invitarte con mayor frecuencia a sus puerqueros de pent house, hasta que llega el efecto conocido como “José José”; Se acerca un caballero (su pelo ya pintaba algunas canas) bueno no, era más o menos treintón. Te dice que conoce a unos amigos que tocan en tal cual bar ya sea renombrado entre la alta sociedad o cúspide nada alternativa de lo alternativo y underground. Te habla las maravillas y por dar el avión dices que sí. Sabiendo que no quieres ir pero vas a acabar yendo.

Lo piensas. Tú te imaginas “músico-de-bar” y ves la foto del ese tipo que canta rolas positivas y guapachosas con Julieta Venegas. Ves del otro lado al don que toca horrible los boleros por unas monedas en los restaurantes y mero enfrente a toda la inmensa fila de banditas de planta que no pasa de “La Planta” de Kaos.

Ahí vas bajo tres pretextos: ya no hay tanta hambre pero te cansaste de comer mal. Hay que experimentar -porque aparte eres un músico experimental (cuando no “experimentado”)-. Tercero: Muchos ya la hicieron desde ahí ¿Y porqué tú no?

¡¿Muchos ya la hicieron desde ahí?! ¿En qué momento empezamos a pensar en “hacerla”? Esa noche todos te aplauden. Agradeces, no eres malagradecido. Pero sabes que una vez más te acordaste de los grandes, de Robert Johnson, y supiste por el olor que estabas otra vez en un chiquero.

Pero no está del todo mal. Aquí todos han leído algo de vez en cuando. Aquí no tienes que tocar nada de Ramón Ayala ni de Chamín Correa. Sin embargo sabes que al contrario, está todo peor que al principio. Aquí estás atado a otros músicos que se van cuando quieren, sin amor al arte. ¿Pero cuál arte, si ya nomás tocas las de los Trovadores I, II, III y otras dos que te pidan? Estás viviendo una realidad alterna. Ya no puedes más. Dices lo que te pasa, dices que te vas.

Te vas. Dos puertas se entre abren y cuatro se cierran. Vas a la matiz, vas al Circo Volador, vas al Chopo y a verdaderos undergrounds. En unos te conocen –desafortunadamente- como músico-de-bar. En otros no te conocen y cuando te preguntan que a qué le haces o dónde has estado tienes miedo de responder y sólo dices que le haces a lo que sea, piano, guitarra, violín, batería, bajo, flauta transversal y clarinete.

Pero ahora sí la vas a hacer. Sientes que “has entrado en contacto contigo mismo”.

Ahora sí vas a ser auténtico.

Una puerta se abre. Sacas un disco. Sacas otro. Te pasan dos leyes: la del primero desapercibido y la del segundo que no supera al primero. Hasta el tercero te va bien. Ya ni pensabas que eras “El Artista” (ni simplemente artista) hasta que tu discazo número tres se comenzó a sobrevender y se convirtió en disco de culto tipo Porter y carne de cañón (y blanco) para la Mosca en la Pared.

La Mosca había sido tu gurú musical de toda la vida pero ahora ante las preguntas incisivas de un periodista te sientes agredido y piensas: (de ahora en adelante) la mosca apesta.

Has sufrido y hoy mejor le haces caso a quienes te lo reconocen como la Switch.

México te queda corto, ya lo veías venir.

Disco en Inglés.

No solo tu música no cabe en México, tampoco tu casa. Te cambias a Miami.

Allá te encuentras con unos músicos cubanos eximios en lo que hacen (cualquier cosa que eso signifique: cumbia, salsa, merengue… nunca has distinguido entre estos géneros porque no te gustan, pero ellos son “gente muy respetada en el ámbito musical” y hasta cercanas a Emilio, a quien odiabas de jovenzuelo pero que ahora que lo conoces, ¡Caray, es buenísima persona!).

Tu décimo disco llega a América Latina y E. U. Rompe las listas de popularidad gracias a tu productor que te dijo más o menos que arreglos ponerle y quitarle, que te indicó (enseñó) porqué hacer piezas cortas con un mensaje claro y simple, que (te) neutralizó lo sonidos para que llegara a distintos mercados del mundo, que paulatinamente convirtió a tus piezas en algo que se pudiera meter junto al nuevo sencillo de Paris Hilton.

Desde acá, en tu estudio de grabación en una torre de Nueva York, La Mosca es infinitamente pequeña (si es que se ve). Nada te duele un piquete de insecto así. Siempre puedes irte de vacaciones a Shangri La. Tu trabajo te ha costado. Aunque últimamente no has hecho mucho. Tienes un grupo de amigos excelentes músicos que han logrado perfeccionar tu “peculiar sonido” (muy distinto, por ejemplo del de Fergy) y pueden hacer canciones para ti.

Estás enojado. Algo anda mal. Muy mal. Estabas de gira en Europa y en una sesión de fotos olvidaste cambiarte de ropa y ahora en todas las revistas saldrás con la misma vestimenta. ¿Qué van a decir de ti?

Te acuerdas de Vivaldi. Vivaldi vivió hace mucho. Probablemente le hubiera gustado grabar a 8.2 canales como lo haces tú. Se detiene la música de tu iPod Video. En el silencio recuerdas a Robert Jonson. Pobre tipo. ¿Porqué el mundo es tan injusto con algunas personas?

No hay tiempo, tienes que irte. Vas al programa número uno de fulanito de tal y has prometido tocar de pura mamada una de Ramón Ayala. Ahí, el olor te va a decir donde estás, Carlos Santana, Hilary Duff, Shakira, Juanes o como diablos te llames ahora.

Abr 26

Apenas ya no me cupo la decencia en los pañales corrí tras la primara mujer que vi. Cuando le saludé supe lo que era ser mortal, y cuando la besé se me olvidó.

Desde entonces escribo.

Mar 11

Liliana, Susana y Guadalupe, los tres huecos más grandes de mi existencia. Hay otros menores, entre ellos el hubiera, que tiene rampas, resbaladillas y una sala de estar.

Las tres eran muy parecidas, Liliana y mi Susy eran incluso parientes, tía y sobrina. Acaso compartían la oquedad en las venas. Eso tiene sentido. Eran la clase de persona de la que se dice en el torrente les circula atole.

Realmente me embriagaba –y a momentos me hastiaba- su completa perfección. La una era rubia, la otra griega; la tercera, Malinche. Las tres estrictamente rellenas de polvo corrector, corazón de barniz de uñas y un exquisito perfume destilado de ideas bien pendejas. Nunca me han gustado las cosas perfectas.

Hablo en pretérito porque hace poco se casaron. Qué grande se hace el hubiera. Mi hubiera era perfecto hasta que aparecieron estos tres lugares comunes… que son perfectos. Nunca me han gustado las cosas perfectas.

Ene 24

Aquella tarde caminábamos trillados por una calle mojada de Inglaterra. A ti te gustaban los Murder Dolls, y yo no podía dejar de asombrarme de lo blanca que eras. Seguramente recorrí tu cuarto como nadie más lo hizo ni lo hará. Seguramente lo hice como todos tus gatos. Dios, qué blanca eras.

 

-A mi tampoco me gusta Slipknot- Te decía, al tiempo que torcía rulos imaginarios con tu cabello. Qué bien olía. Como a hojas secas de maple recién lloviznadas. Blanca Nieves posmo, casi te podía ver caminar a la inglesa los glóbulos rojos de lo blanca que eras.

 

La vez que te besé sabías a lipstick de niña despintado. No sé dónde habrías estado. No me importó. Yo daba vueltas ociosas detrás de tu cabeza pendiente del monitor, recorriendo disperso los pedazos de tu vida que se enfriaban en la calle tras la ventana, me acosté en tu cama de sábanas naranjas, le di una fumada a tus posters y tu guardarropa, y esperé a que me cayeras encima.

 

Luego desapareció el MSN Chat.

 

 

 

 

Dic 24

Aquel mariachi –que sabía tocar el guitarrón- gastaba las delicias en cazar las muchas y variadas mariposas del baldío, mientras tarareaba entre brincos, Yolanda. Las juntaba en un recipiente para después molerlas en una pasta más bien poco colorida. Luego, cansado de depredar, aquel tipo moreno de la frente perlada por el sudor y por el sol curtida, ese hombre de proporciones un tanto graciosas y de menuda estatura, el del moño rojo y negro traje, el que traía charreras plateadas de la cintura a los talones, ese del ala ancha en el sombrero echado a la espalda y al que le colgaba de la cara un gesto mal encachao’… se las untaba. ¡Sí! El de los bigototes se batía toda la jeta de aquel betún de mariposa cual mascarilla mágica de un profano ritual y acto seguido regresaba a su casa con sin igual parcimonia tarareando –una vez más y con la mirada perdida- Spoonful.

 

Toda la cuadra se le quedaba viendo.

 

Yo también.

 

 

Jul 11
“Where are you? And I so sorry…” Creo que sonaba Blink 182 en lejano lugar. 

-¿Dónde estabas? ¡Ya perdóname! –me intentaba seguir Jimena acomodándose un arete.

A pesar de mi enojo me alcanzó el ceso para notar la coincidencia entre planos…

-¿A Dónde vas loco? , ya te traía un regalo. –Me dijo Vladimir con su lindo traje gris y una botella de güisqui en la mano, venía de algún lugar en la calle. Yo lo pensaba encamado con alguien… o “álguienes”.

Me vi atrapado entre dos conversaciones incompatibles, pero pude voltear y hacer un buen gesto.

-A mí no me gusta el güisqui, Largo.

-Ese regalo no, éste. –señaló un botecillo de mezcal. Mi cara sonrió y salivé un poco, pero aún así mi estómago en realidad ya no daba para más. 

“¿Dónde estabas? ¡Ya perdóname!” volvió a retumbar en mis recuerdos y vi frente a mí a una Jimena que miraba el suelo desesperada de mi breve extraversión.

-¿Estás contando las piedritas o hay algún mensaje como en las cajetas de Camel? -Vladimir “El Largo” se alejó.

-Ashhh, ya vas empezar de payaso –me bufó- ¿A dónde crees que vas, me vas a dejar aquí con ésta bola de buitres?

-Son tus amigos. Me voy porque hoy no te soporto, porque me gusta la luna llena, las ciudades en las noches y me llamaron para tocar.

-¿En el Lounge? –pareciera no se percató de lo primero.

-Sí; no-me sigas.

Caminé hacia la esquina de la calle. Se podía oír el punchis punchis de donde venía y unos lejanos Tigres del norte.

“¡Pinche puto de mierrrrrda!” – puedo escuchar a Jimena en un desgarrado y gritón intento por hacer que su quebradita voz sexosa suene agresiva para mí. Sé que se va a meter de nuevo a la fiesta.

Tres… dos… uno… portazo.

Dos minutos y medio. Llega la vagoneta verde de otros gritones homo-brutus a conciencia y me abren la compuerta. De reojo puedo leer la nueva estampa del techo: “Vago-neta” que poco original, pienso.

Mi, la, re, sol, si, mi… -afinando guitarras varias-. Tamborazos y secuencias midi sin orden. El público es mucho ya, pero el ruido nos tapa bien los ajustes. Son las once pasado el meridiano.

Micrófono Uno chilla, mas al momento guarda silencio junto con el público a la expectativa. Una voz de batuta: “Vamos a ejecutar. Aquí se ejecuta a la noche”.

Un gran wow oligofrénico ahoga los primeros acordes de una guitarra huapanguera con acordes de metal.

Filin’ electrónico, afro y colonial. “La noche es ejecutada” por un sonido extraño…

¿A dónde andará…
Esa negra consentida, qué mi negra tan ingrata…
Que se fue sin decir… me… adiós….?

Crush.

Muchaaaaaacha bonitaaa… (Comienza el electro-blues)
Zapato de raso bordado de seda te voy a comprar…
Va a ser más gracioso…
Más lindo tu paso…
Y serás más ágil
Para zapateeaaaaaar…

Diez minutos y corte de tajo, fin. Un segundo wow.

Recogemos nuestras cosas. Abucheo y un reclamo un tanto explícito del contratista. Nos sigue hasta la vago-neta tirando infamias en voz alta y ya estando adentro exclama:

-Muy bien muchachos, como acordamos. Aquí está su parte. Vuelvan dentro de tres meses. Y de nuevo muchas gracias.

En mi habitación no puedo dormir, es luna llena. Me entretengo con un Grupo Exterminador muy lejano y el subir y bajar del elevador con neón de mi hotel.

El cigarro no ha abandonado mi boca toda la noche, ni el frío mi camisa.
Jul 11
La lluvia borrascosa ya lo había enverdecido todo, ya lo había empapado todo, y no se iba a ir. Ahora dejó correr a su hijastro el viento arrastrando el dibujo de los pueblos y hasta lo más ínfimo que se aventurara a volar. 

“El viento me llama” –le dije a mi madre, y salí con mi violín a la calle cuyo habitante más vivo era el escueto granizo, con su frío y sus graznidos.

Empuñé el instrumento. No lo toqué.

El granizo ensanchó su frecuencia y radio. Derredor de mí zumbaba el aironazo mojado y sobre mi cuerpo pesaban ya las agujas de hielo celeste. No sé dónde dejé el violín.

Caminé.

Caminé.
…Caminé. 

En medio de dos vías de tren me arreció la tormenta y una camioneta de luces naranjas anunciaba a lo muy lejos la alerta amarilla. Un tren se aproximó a mi costado derecho con velocidad impiadosa. No me moví. Le reté con los ojos fruncidos. Mano-bolso, bolso-diskman, discman-play. Sonaba una rapsodia húngara, blasfema y veloz. Entre retumbadas de un tren y el cielo, ambos dioses del absoluto. Máquina absoluta, Huracán absoluto. Hombre inane.

Por mi costado izquierdo taladró un segundo tren en dirección contraria. Me encerraron en una prisión ultra-móvil en medio de la tormenta. Muros dinámicos, de hierro, grafitis, mareante, licuante. Paredes arcanas murmurando unos extraños vedas con sus voces de latón, adormilantes, invitando al suicidio, invitando a la huida. El techo lácteo seguía aventando esquirlas de su hueso frío ¡Y el ruido! ¡Cañones por todos lados! Vértigo. Mucho vértigo. Por debajo mío, entre mis pies, pude sentir el pequeño remolino del viento que lanzaban ambos trenes en direcciones opuestas.

Ahí, arriesgando la cordura, me puse a bailar como en una tarantela en mi metro cuadrado de espacio, como un húngaro, como un celta, un chichimeca; Vértigo y adrenalina. Miedo a la muerte y beso a las serpientes de metal. Miedo al cielo, miedo al tren, horror al estaticismo. Miedo en medio de dos trenes en movimiento bajo la tormenta.

Baila, baila –locomotora- baila, baila, -locomotora-, ¡Loco! ¡Motora! ¡Más rápido! ¡Loco! ¡Motora! ¡Loco! ¡Motora! ¡Loco! ¡Motora! ¡Loco! ¡Motora! ¡Loco! ¡Motora! ¡Loco! ¡Motora! ¡¡Máaaaaas RáaaaaaapidooooOOO!! ¡¡Loco!! ¡¡Motora!! ¡¡Loco!! ¡¡Motora!! ¡¡Loco!! ¡¡Motora!! ¡¡LOCO!! ¡¡MOTOORA!! ¡¡LOCOOO!! ¡¡MOTOORAAAAA!!

…Hasta que los dos trenes pasaron y me dejaron como un zumbador que alguien había soltado en el momento de la fuerza. Hasta entonces, jadeando de cansancio me ahogaba en la humedad de mi calor corporal y la lluvia.

Mano-bolso, bolso-diskman, discman-stop. Me quité los audífonos. Cuando moví un brazo, algo se estrelló muy recio en la mano izquierda.

Una mariposa.

Feb 24
Hay pocos himnos del pueblo mexicano que sí sean del pueblo y que tengan la calidad como para ser himnos. Y hay pocos himnos del pueblo mexicano que no hagan recordar una bandera tricolor y el pararse derechito de la primaria; música que evoque identidad, pues. 

Hay pocas canciones que a los primeros compases te inciten a sacar a tu abuelita a bailar y al avanzar a la pista te sientas tan hombre como tu abuelo cuando era joven, tan viejo y sabio como tu abuelo hoy, tan a la altura de tu padre, que sientas cómo la Sangre de Ancestros te fluye de la mano a los pies.

Estas Nereidas no son las del mediterráneo; son las nereidas del golfo, nereidas veracruzanas. Nereidas negrizcas que éste danzón reivindica como bellezas naturales de ese país que todavía no se nos va y tiene para rato, un México que está enterrado desde hace mucho, pero en la sangre.

¡Música Maestro!

(aquí iba Nereidas, el danzón).


Post data: Mientras escucha, imagínese a Al Paccino bailando esto en “Perfume de Mujer”, es el alucine….Total.

Dic 2

Quiero un Santaclos inyectable.

Uno que me regrese las medias noches de los veinticuatros de cada diciembre.Que le ponga el gorrito rojo a mis neuronas y me saque un reconfortante !Jo, jo, jo!

Que me quite esta nariz de Rodolfo el reno tapada de un fluido más que navideño para mí.

Quiero un Santaclos inexorable, absolutista. Un Santaclos Hitler, Un Santaclos Stalin.

Que lo Reyes magos sean Mussolini, Gengis Kan y Atila, el azote de Dios.

Todos ellos con ponche alrededor de una mesita, todos ellos ebrios saliendo a repartir balazos y regalos con unos moñotes rojos y envolturas brillantes y de colores.

Imagínate a Atila mandando miles de ordas de espíritus de los hunos muertos en batalla, acercándose como un tsunami inminente la noche de navidad, gente aterrorizada y optando por el suicidio de tanto terror, y entonces, cuando llegan, matan sólo al Presidente municipal y empiezan a repartir miles y miles de regalos que no alcanzabas a pagar en toda tu vida.

Todos festejan y sonríen por el acontecimiento y luego Mussolini y Gengis (kan) hacen su acto de danza contemporánea inspirado en la gracia del algodón de azúcar con limón, la interrelación de este con la peregrinación a Terreros, su repercusión social en la tendencia hipermodernista de Soho y sus detractores modernistas y posmodernistas que a su vez son acusados de imperialistas. Todo un drama existencial lleno del colorido necesario para la fecha.

Quiero un Santaclos que me traiga el muñeco de acción de Erasmo Catarino y Javier a la Torre, en sus versiones travestis para jugar a las comiditas.

Quiero, en resumen y sin rodeos, que mi rato de lucidez se tarde mucho en llegar. No quiero, por favor no quiero. No quiero ver la Navidad en su estado real.

Post data: Tengo sueño.

(Buenas noches).
Nov 2

A los trece años.

Con cáncer y en la cama de un hospital.
Tu madre eternamente envuelta en lágrimas desaparece un poco de tu mente con las visitas de tus compañeros de segundo de secundaria.
Te dicen que ya pasamos a tercero, que ya van a ser los más cabrones de la escuela, y eso te alegra. Aunque sabes que no llegarás.
Todo te duele y todo te cansa. Pero no tanto. Ni siquiera tienes edad para afirmar que es el dolor más grande que existe ese de tu espalda.
Para ti la entrepierna humana es inquietud y aún misterio.
Lo más cerca que estuviste de una vieja fue cuando besaste a Rosario en la mejilla en su fiesta de cumpleaños el año pasado.
Te emocionan muchos sueños, muchos “divagues”, pero te baja que sabes que tu padre se hunde en el trabajo para olvidarse de ti. ¿Qué si dolerá mucho?, ves a tu madre y lo confirmas.
Sabes que vas a morir, pero no tienes ni idea. Para ti es como cuando estabas enfermo de hepatitis, sólo que ésta ya se tardó en curarse.
¿Qué será morir?. Mejor duérmete. Ya te cansaste depensar.
Duerme.
(Silencio.)
“Dedicado a mi adolescencia… ya muerta”.
Oct 12