Tocas para ti mismo. La idea –que ni siquiera gastas saliva en manifestar, pues la tienes muy clara- es que el artista toca para sí mismo. “Toco para mí mismo y si alguien me sigue, bueno. Y si no, ni modo”. Ese es el lema.
Luego tienes hambre. Si te subes a un camión vas a tener que tocar las de Ramón Ayala o El Tri. A complacer.
Un día te invitan a tocar a una fiesta, nenas con caritas suplicantes que te jalan medianamente la hormona y dices al final que sí. Total, ya otras veces has tocado “para complacer”. En la fiesta acabas de acompañador de borrachos, y lo mismo acompañas las de Dun Can Dhu que las del Sabina o Cuco Sánchez. Nadie se sabe las letras pero todos te halagan, todos te aplauden. Por un momento te seducen las condescendencias y dices en medio de tu lánguida sobriedad: “Yo podría hacer esto todo el tiempo, de esto se puede vivir, es genial”, luego te acuerdas de que eres artista. Piensas un momento en Vivaldi, y cuando regresas del pequeño viaje te das cuenta del chiquero en el que estás.
No pasas mucho tiempo para justificar tal chiquero como tu modus vivendi con el pretexto del hambre antes citada, que como dijo Rius (quien es un gran pensador, pero no es artista ni filósofo, por supuesto) “La panza es primero”.
En toda fiesta hay fresas, y esta como una de tantas no es la excepción. A ellos también les gusta cantar y tener su propio chiquero nice, solo que tardan un poco más. Lo que no tardan es en invitarte con mayor frecuencia a sus puerqueros de pent house, hasta que llega el efecto conocido como “José José”; Se acerca un caballero (su pelo ya pintaba algunas canas) bueno no, era más o menos treintón. Te dice que conoce a unos amigos que tocan en tal cual bar ya sea renombrado entre la alta sociedad o cúspide nada alternativa de lo alternativo y underground. Te habla las maravillas y por dar el avión dices que sí. Sabiendo que no quieres ir pero vas a acabar yendo.
Lo piensas. Tú te imaginas “músico-de-bar” y ves la foto del ese tipo que canta rolas positivas y guapachosas con Julieta Venegas. Ves del otro lado al don que toca horrible los boleros por unas monedas en los restaurantes y mero enfrente a toda la inmensa fila de banditas de planta que no pasa de “La Planta” de Kaos.
Ahí vas bajo tres pretextos: ya no hay tanta hambre pero te cansaste de comer mal. Hay que experimentar -porque aparte eres un músico experimental (cuando no “experimentado”)-. Tercero: Muchos ya la hicieron desde ahí ¿Y porqué tú no?
¡¿Muchos ya la hicieron desde ahí?! ¿En qué momento empezamos a pensar en “hacerla”? Esa noche todos te aplauden. Agradeces, no eres malagradecido. Pero sabes que una vez más te acordaste de los grandes, de Robert Johnson, y supiste por el olor que estabas otra vez en un chiquero.
Pero no está del todo mal. Aquí todos han leído algo de vez en cuando. Aquí no tienes que tocar nada de Ramón Ayala ni de Chamín Correa. Sin embargo sabes que al contrario, está todo peor que al principio. Aquí estás atado a otros músicos que se van cuando quieren, sin amor al arte. ¿Pero cuál arte, si ya nomás tocas las de los Trovadores I, II, III y otras dos que te pidan? Estás viviendo una realidad alterna. Ya no puedes más. Dices lo que te pasa, dices que te vas.
Te vas. Dos puertas se entre abren y cuatro se cierran. Vas a la matiz, vas al Circo Volador, vas al Chopo y a verdaderos undergrounds. En unos te conocen –desafortunadamente- como músico-de-bar. En otros no te conocen y cuando te preguntan que a qué le haces o dónde has estado tienes miedo de responder y sólo dices que le haces a lo que sea, piano, guitarra, violín, batería, bajo, flauta transversal y clarinete.
Pero ahora sí la vas a hacer. Sientes que “has entrado en contacto contigo mismo”.
Ahora sí vas a ser auténtico.
Una puerta se abre. Sacas un disco. Sacas otro. Te pasan dos leyes: la del primero desapercibido y la del segundo que no supera al primero. Hasta el tercero te va bien. Ya ni pensabas que eras “El Artista” (ni simplemente artista) hasta que tu discazo número tres se comenzó a sobrevender y se convirtió en disco de culto tipo Porter y carne de cañón (y blanco) para la Mosca en la Pared.
La Mosca había sido tu gurú musical de toda la vida pero ahora ante las preguntas incisivas de un periodista te sientes agredido y piensas: (de ahora en adelante) la mosca apesta.
Has sufrido y hoy mejor le haces caso a quienes te lo reconocen como la Switch.
México te queda corto, ya lo veías venir.
Disco en Inglés.
No solo tu música no cabe en México, tampoco tu casa. Te cambias a Miami.
Allá te encuentras con unos músicos cubanos eximios en lo que hacen (cualquier cosa que eso signifique: cumbia, salsa, merengue… nunca has distinguido entre estos géneros porque no te gustan, pero ellos son “gente muy respetada en el ámbito musical” y hasta cercanas a Emilio, a quien odiabas de jovenzuelo pero que ahora que lo conoces, ¡Caray, es buenísima persona!).
Tu décimo disco llega a América Latina y E. U. Rompe las listas de popularidad gracias a tu productor que te dijo más o menos que arreglos ponerle y quitarle, que te indicó (enseñó) porqué hacer piezas cortas con un mensaje claro y simple, que (te) neutralizó lo sonidos para que llegara a distintos mercados del mundo, que paulatinamente convirtió a tus piezas en algo que se pudiera meter junto al nuevo sencillo de Paris Hilton.
Desde acá, en tu estudio de grabación en una torre de Nueva York, La Mosca es infinitamente pequeña (si es que se ve). Nada te duele un piquete de insecto así. Siempre puedes irte de vacaciones a Shangri La. Tu trabajo te ha costado. Aunque últimamente no has hecho mucho. Tienes un grupo de amigos excelentes músicos que han logrado perfeccionar tu “peculiar sonido” (muy distinto, por ejemplo del de Fergy) y pueden hacer canciones para ti.
Estás enojado. Algo anda mal. Muy mal. Estabas de gira en Europa y en una sesión de fotos olvidaste cambiarte de ropa y ahora en todas las revistas saldrás con la misma vestimenta. ¿Qué van a decir de ti?
Te acuerdas de Vivaldi. Vivaldi vivió hace mucho. Probablemente le hubiera gustado grabar a 8.2 canales como lo haces tú. Se detiene la música de tu iPod Video. En el silencio recuerdas a Robert Jonson. Pobre tipo. ¿Porqué el mundo es tan injusto con algunas personas?
No hay tiempo, tienes que irte. Vas al programa número uno de fulanito de tal y has prometido tocar de pura mamada una de Ramón Ayala. Ahí, el olor te va a decir donde estás, Carlos Santana, Hilary Duff, Shakira, Juanes o como diablos te llames ahora.
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