Según la Wikipedia, Un organismo vivo es aquel, compuesto por materia orgánica (C,H,O,N,S,P), capaz de llevar a cabo funciones tales como comer, metabolizar, excretar, respirar, moverse, crecer, reproducirse y responder a estímulos externos.
Los demás seres vivos no tienen conciencia de sí, el hombre (aunque se cree que también algunos chimpancés y los delfines en general por ser capaces de reconocerse en el espejo…) es el único que la posee. La causa de esto es que el hombre, desprovisto de garras, velocidad o venenos, tomó por arma la creatividad, para la cual todo es una herramienta. Ante esta situación el animal forzosamente adquiere conciencia de todas sus herramientas (entorno absoluto) y por ende, de sí.
La conciencia humana es, como todo ocurrir en los seres vivos, un conjunto de procesos químicos y electromagnéticos que rigen nuestro actuar, igual como sucede con las cucarachas, las lombrices, los unicelulares, etcétera. No es nada del otro mundo.
Al morir, es decir, al detenerse la capacidad de homeostasis, todo acaba.
Todos nacemos sin conocimiento de la muerte. Podría decirse que la infancia la vivimos con la idea de ser inmortales, hasta que alguien muere. Darse cuenta de que la muerte existe, de que todos mueren y finalmente de que algún día moriremos es parte del proceso de entender que no somos el centro del universo. Es un fenómeno lento y doloroso que puede abarcar toda la vida, pues es tan fuerte la idea infantil de la inmortalidad (y tan complaciente) que nos resistimos con ahínco a la idea de la muerte, tanto que a veces, aunque no la hemos asimilado o ha sido en una medida pequeña, decimos haberlo hecho con una resignación que esconde un terror indescriptible.
Eso es el miedo a la muerte: un terror indescriptible. Pero seré concreto, ya que este problema de temerle a la muerte (como evento) es común, pero es universal el otro miedo, el miedo a no estar vivos, el miedo a no existir. El miedo a la muerte no como evento, sino como estado.
Dicho miedo es infinitamente más profundo y afectante que el miedo a la muerte como evento. El individuo que teme al estado de muerte o no-existencia en un primer grado es atacado por las dudas: ¿Qué pasa cuando uno muere? Y todo lo relacionado. Este primer grado está caracterizado por la inconsciencia. ¿De qué es inconsciente? Pues es que no puede concebir para nada el hecho de que el corazón no lata, el hecho de no sentir física ni emocionalmente, de que no se pueda pensar. De hecho al individuo ni siquiera le cabe en la cabeza cómo es que a los muertos no les duela que se los coman los gusanos, que los pulmones exploten, etc.
Se puede vivir en este estado de timidez “ligero” sin que el problema avance de estatus, el problemón viene la “conciencia del estado de muerte”.
Esta situación es catalizada a veces por un evento nimio que nos da una leve (por leve que sea) idea de lo que es estar muerto. Las posibilidades del evento son infinitas, por ejemplo, si se ha visto a alguien morir sedado por los medicamentos, y en el momento que nuestro individuo estornuda -ese lapsus en que el pensamiento se paraliza y en los instantes posteriores se entorpece (o si se queda dormido entre estornudos)- se da cuenta de que “así podría ser”, entonces ya no hay marcha atrás. Comienza un proceso de analogías de la vida cotidiana: se busca en cada momento un símil de lo que es nuestra idea-esbozo de muerte: el sentimiento de ebriedad, el adormilamiento, etc. Hasta que el “así podría ser” se convierte en “así es”.
A partir de ese momento ya no hay retorno. El individuo encuentra situaciones –o las imagina- en cualquier momento. Día y noche es acosado por la idea del ya no existir, del ¿para qué nací? Del miedo a que los seres queridos tampoco existirán, la idea de que muchos seguirán existiendo (¿Cómo pueden reír si se van a morir?), de que todos y todo (absolutamente) en este planeta en algún momento no existirá más. Durante la primera fase antes mencionada se puede sobrevivir con la idea de que “vamos a dejar algo en este mundo”, pero en este estado avanzado ya no, porque el individuo sabe que al morir tampoco esta satisfacción existirá. “Vértigos” es como lo suelen llamar a esos ataques de ansiedad-tristeza agudos de día y de noche. Nada es consuelo. Nada. ¿Para que platicarlo si de cualquier modo va a pasar? La persona cristiana (o religiosa en general) se refugia en la idea de Dios y el cielo, incluso el infierno es una salvación de la no-existencia, pero cuando hablamos de un ateo consolidado la cosa en tremendamente distinta.
El ateo no piensa que no existe Dios, el ateo “sabe” que Dios no existe, y por ende tampoco el cielo ni vidas posteriores, el ateo sabe (y en estado de “así es” es contundente) que más allá no existe nada.
La persona no acostumbrada a auto emanciparse, a hacerse exámenes de conciencia, cuando experimenta miedo a la no-existencia se bloquea con pensamientos “felices”, con el “hay que vivir y no pensar en eso (que está muy lejano)”, o el “pues ya qué” y sobrevive de mala manera con esto, sin dejar de experimentar ataques de ansiedad.
El ateo consolidado también en momentos de debilidad busca consuelo en dichas frases, pero siempre teniendo a la par de dichos pensamientos la certeza (y la vergüenza) de que se está auto-engañando, porque “aunque vivas al límite y al máximo amando a tus seres cercanos” y blablablá, eso, Eso va a pasar.
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