Feb 4

Buenas tardes, es medio día en Ciudad Polvorón y nos encontramos en el microbús ruta Francisco Juárez, el cual pasa por un crucero donde se trabajan al mismo tiempo un puente y un desnivel causando el tráfico más enconado y lento que haya experimentado esta la ciudad con más autos en el país.Justo aquí, de pie la mujer bajita y de edad muy avanzada cuya humanidad es más que poco esbelta, hace por mantener el equilibrio entre sus carnes y las tres bolsas engordadas con el mandado -que se desparrama- y una jaula con pajaritos ruidosos, dada la demografía del micro que la obliga a ir parada, se agarra de un tubo como puede mientras pone su arrugada cara en gesto de oler caca, principalmente a los hombres.

- Doña Hortensia ¿Cómo le va? ¿Está disgustada porque no hay un solo caballero aquí que le ceda el asiento, verdad?

-Buenas tardes, joven. Sí ¿Cómo ve? Ya no hay así como asté dice, caballeros como endenantes. No les importa si uno ya es viejo, si es mujer. Nomás miran pa’llá pa donde no lo miren a uno.

-Entonces le parece que así debe ser, hay que dejarle el asiento a mujeres y ancianos ¿no? ¿Por qué?

-¡Cómo que por qué! ¡Pos porque así debe de ser, posn! ¡¿On’ tan’ los hombres de verdá? Ya no hay d’esos, no!

-No pero así dígame bien porqué.

-Pos porque una de mujer es más débil que los hombres, ellos aguantan másn. Y una que ya está vieja ya le duelen las rodillas, ya se cansa más uno, vian de pensar.

-¿A usted le tocó, allá por los treintas, vivir el reparto agrario?

- i. Yo y mi señor hasta llevamos pollos y puercas que teníamos cuando dijo el presidente… Cárdenas, se llamaba el presidente. Cuando dijo el presidente que había que pagarles el petróleo o no sé que tanto a los gringos pa poderlo… pa poder… pos ansina que fuera de nosotros ya todo puesn. Había que servirle –Òigame bien joven- dijo que había que servirle a la patria.

-Entonces a usted hay que cederle aquí en el micro el asiento porque como quien dice ya sirvió a la patria.

-Sí, uno ya dio lo que pudo, ya hizo lo que hizo, ora lo que toca es descansar.

-Si no es mucha intromisión, Doña Tencha, ¿Porqué ya a su edad no está descansando allá en su casa?

-Pos es que vine comprarle flores a mi virgencita de mi barrio, y luego más cosas porque ya va a ser la fiesta de San Francisco y le hacemos su fiestecita y luego la velación y los rezos y el atole…

-Aparte de las puercas, Doña Tencha, ¿Cómo considera que sirvió usted a la patria?

-Pos ire. Antes se decía que había que hacer patría y pos pa eso había que tener hijos (risillas) pa empezar.

-¿Cuántos hijos tiene?

-Se me murieron cuatro, ya nomás me quedan once.

-¿De qué se murieron esos cuatro?

-Ire, dos se murieron allá en el desierto, en el norte, una muchacha y un muchacho. A uno me lo mataron y otro chocó en su camioneta.

-¿Cómo eran ellos?

-Los que andaban pal’ norte no les gustó la escuela, se salieron de tercero y los les dije pues ándenles pues, váyanse a trabajar. Al que lo mataron lo mataron en una cantina y el que chocó andaba bien borracho también.

-¿Qué es de los otros once?

-Pos cuatro ni sé, se fueron pal’ norte hace cinco años y ni un… pues así ni una cartita o algo ni nada. Nomás dejaron ai’ a las mujeres mis nueras y los chamaquillos. Los demás ahí andan, las muchachas pos se embarazaron y se casaron o se arrejuntaron, el marido se va al norte y regresa y así, los muchachos andan aquí y allá en las fábricas o los colados o por ahí de borrachillos.

-¿Y su señor?

-Mi señor ya se murió en gloria esté. Se murió de cirrosis hace como veinte años.

-¿Usted cree que con todos esos hijos, toda esa historia de vicios que tiene su familia le hace o le hizo mucho bien a la patria?

-…

-¿Cree que se merece que le cedan el asiento?

-¡Pos sí joven pos no le digo que ya estoy grande, ya me canso!

Para el Pasquín Ficticio, Xoconostle Cósmico.

Feb 12

Soy el lobo comelón de moho
soy la lumbre de los ácidos y anfetas
soy el más viejo del bar, un criminal
por guardarme el silencio de los ebrios santos
que me han dado su gracia.
Alguna vez, con motivo de una entrevista le pregunté a José Cruz “¿Quién es un ‘ebrio santo’?”. —“Todos los ebrios son santos, por que realizan una búsqueda interna de su ‘yo’ místico” —Me respondió el blusero.  

En diez minutos de entrevista no me había respondido nada lejano de un monosilábico avionazo y siendo este tipo de respuesta la primera con contenido, me quedé tan de a seis que sólo pasé a la siguiente (y trivial) pregunta sin ahondar. Creo que hice bien.

Su contestación rayaba en entre lo saúl-hernandezco jaguar-caifanoso, lo monsiváis-ebriesco, lo hindú y lo peligrosamente chafa y fuma-marihuanario.

Hoy, después de un año lo entendí, creo. Talvez le di mi propia interpretación y no tiene nada que ver, pero algo de lógico tiene. Ya si no, pasa como mi propia teoría.

Lo de que el ebrio busque “algo” es plenamente lógico, casi axiomático. Lo difuso consiste en que eso sea un tal “yo” místico y que además por ello sean “santos”.

Esto a leguas se ve que podría pasar como parodia del dogma cristiano, pero he decidido ahondar, a riesgo de ahogarme en la nada.

Tomo como “misticismo” esa parte del “ser” (del “ser” filosófico) que es difusa, incluso para la ya difusa filosofía en su carácter ontológico. Esas partes del concepto del “ser” que escapan del entendimiento ya sea de alguien poco entendido (es místico lo desconocido) o ya sea por que, aunque sea alguien adiestrado, ha llegado al límite del entendimiento humano (es místico lo misterioso) y se va por el terreno del misterio.

Este misticismo se abstrae aún más en lo difuso cuando hablamos de un “yo” así de místico.

Siempre es más difícil hallar un “yo” que un “tu”, un ajeno. La razón es que hay un ego que superar y un “ello”, un “yo” y un “súper ello” que proteger. Es difícil verse la nuca sin un espejo, pues.

Cuando estamos bebiendo alcohol, todo se vuelve raro. Algunas ideas son concretas mientras nuestra visión nos muestra un mundo cada vez más efímero. Si estamos hablando con alguien, en especial con muchas personas, no ponemos atención a todas las ideas, tomamos una, la pensamos y sacamos el resultado como podemos porque con la ebriedad, si no lo decimos se nos olvidará. Esto naturalmente es un caos comunicativo, en realidad nadie escucha bien a nadie.

Eso es precisamente.

La idea que pensamos cuando estamos ebrios contiene varias palabras o pequeñas ideas, y para decirlas hay que hacer embonar —con mucha dificultad— la idea que pensamos con la realidad. En el momento en el que estos dos círculos embonan como las dos partes de un túnel, entonces la decimos como salga. Después volverá el caos y el olvido a nosotros. Es un proceso de enfoque, de ver sólo el primer plano -el plano esencial- como un cíclope.

La ebriedad no es un estado fijo, es progresivo y en cuanto más ebrio, mayor es el esfuerzo de embone. Otra cosa sucede también, las ideas cambian.

Las ideas se vuelven cada vez más esenciales. Ya no son de política o mujeres, sino cada vez más sobre nosotros, un asinceramiento.

Cuando estamos demasiado ebrios ya no hablamos con los demás, sino con nosotros mismos. A veces, cuando aún nos queda la posibilidad de mover la boca, pareciera que les hablamos a los demás, pero en realidad sólo utilizamos el “ustedes” o el “nosotros” pedagógico. Como un medio para burlar las dificultades de embone entre nosotros (conjunto de ego, yo, ello y súper ello (bola de cosas inabsolutas)) y nuestro “yo” místico. (Si antes era místico por los límites de la ontología ejercida, ahora lo es más por la dificultad de embonación). No es propiamente pues, la “búsqueda” de un “yo” místico. Sino el “dejar salir, el conocer sin tapujos” la esencia ontológica de nosotros mismos. Pero para nosotros en sobriedad no son conocibles los absolutos porque no somos uno de ellos. Hay que ser absoluto para ver lo absoluto. La personalidad no es absoluta y ella no nos dejará. Esa es la lucha del embone.

En el trance, la alta adrenalina y la ebriedad total se conoce lo absoluto.

Las ideas que están hechas de palabras todas, en la ebriedad total carecen de significante, son sólo el significado esencial, sensaciones lingüísticas. En este momento no hay tampoco palabras para hacer ideas que hagan que la personalidad impida la salida del “yo” místico.

Solo entonces, pensando esencias podremos apreciar el “yo” místico. La lucha entre la personalidad y el “yo” místico parece ser la lucha entre el demonio con el que se enfrentó Buda en su ayuno.

Este es el resultado si uno no se queda dormido. Para no quedarse dormido, hay que saber cuanto aguantamos, y para eso hay que ser más o menos un bebedor. A los ebrios comunes les gusta ver esa lucha desde lejos, desde la butaca. Sólo los ebrios santos la desempeñan.

¿Cuándo se vuelven santos? Se vuelven santos bajo el Dios de Spinoza. Si un santo sufre por llegar a Dios, entonces los ebrios santos sufren por llegar a ser —dejando salir su “yo” místico— parte del orden universal. No es que sobrios no lo sean, pero serlo en estado de “absoluto” es una decisión que pocos toman. De ningún modo son filósofos entendidos de jerga, son sólo ebrios santos.

Esto es una teoría. Sólo podemos llegar a especular sobre el resultado final mediante una regla de tres, ya que después de eso unos mueren y los que sí regresan, no lo recuerdan. Sólo queda una reminiscencia de placer que indica no qué era lo placentero pero sí cual era el camino: el alcohol.

Bueno, hay como pude lo descifré. Ahora tengo como reto una frase de mi amigo Chaquespiare que desde hace tres años me trae hecho pendejo: “Si los besos fueran el único placer en la cama, la mujer se casaría con otro”.

¿Sugerencias?

 

 

Ene 13

En vista de que nací muy lejos en tiempo y en espacio como para que Allan Freed me entrevistara, tuve que hacerlo solo. Resultado: fallido.

-¿Que tal?
-No pues aquí nada más.-Bueno, empezamos por las de cajón: ¿Cuáles son tus influencias?
-…Eso no lo sé, dímelo tú. Yo no puedo ver el cuello que sostiene mi cabeza.

-(Ya empezó de mamón este pendejo…) Ah, ¿Has oído hablar de los Espejos?
-Qué curioso que lo menciones. Cuando tenía cuatro años más o menos, siempre decía que Einstein o no conocía los espejos o no conocía los peines. Pero pues qué te digo… Los espejos son mentirosos, no hay espejo que mienta más que aquél que toca mi mirada.

-(Esto va a tomar tiempo.) Lo que te pregunto es que si hay alguien que marque de mayor manera tu música.
-Ah pues claro. Los espejos. Aparte de mentirosos y del ego que puedan denotar mis frases, los espejos nunca me han gustado. Se me hacen junto con los cristales, lugares comunes y baratos dentro del arte. “Hago un poema que diga espejo y ya, es bonito”. Pero ellos, los espejos, hablando de mí como ente autocrítico, son influencia. Claro, hay puntos donde yo no llego y ahí se queda suelto el subconsciente, quien también influye.

-O…quei… ¿Cómo defines el género que interpretas?
-Pues… Yo creo que el género o géneros son los que a través del espectador terminan interpretándome a mí, en el sentido comunicativo. Pero si he de darte respuesta…

- (¡Gracias, Dios. Al fin algo coherente!)

-La verdad es que no la tengo.

-(¡Grandísimo hijo de puta!) Ehm… creo que esto no está funcionando…

-¿Pero porqué, hombre?

-Pues por tus… difusas, MUY difusas respuestas. Yo sólo quiero un artículo, eso es todo.

-¿No querías una entrevista entonces?

-Sí, la idea era esa. Pero…

-Ándale, hombre. No te achicopales.

-A ver… ¿De niño, qué caricatura te gustaba más?

-¡Híjole, yo creo que Saúl Hernandez!

-(¿Por qué no puedo llorar?)

-Sí, me encantaba su dibujo animado de “Robert Smith”, aunque he de confesarte que aún me gusta su auto-caricatura. Simplemente no paro de reír.

¡¿Pero porqué te vas, chamaco?… no corras!

Chales. Ni yo me aguanto.

Mi tenis